Democracia
Para entender los altibajos actuales de este sistema político, debemos comprender primero el origen de la palabra «democracia». Con raíces en la antigua Grecia, «demos» significa «pueblo» y «kratos», «poder» o «gobierno». De ahí derivó la concepción de la participación activa de los ciudadanos en la toma de decisiones políticas dentro de la Asamblea, a través del debate y la votación. Filósofos como Sócrates, Platón y Aristóteles reflexionaron tempranamente sobre los principios democráticos, cuestionando tanto sus ventajas como sus limitaciones y sentando las bases teóricas para las naciones modernas.
Tras siglos de predominio de sistemas autocráticos y monárquicos, las revoluciones estadounidense y francesa del siglo XVIII hicieron resurgir los ideales democráticos basados en la soberanía popular y los derechos individuales. A lo largo de los siglos XIX y XX, surgieron diversos modelos de gobierno, destacando la democracia representativa (a través de representantes electos) y la democracia participativa (con mecanismos directos de intervención ciudadana). En nuestro querido México, los andares democráticos apenas dan sus primeros pasos. A partir de los conocimientos de grandes pensadores y de la experiencia propia, es posible concluir que detrás de cualquier sistema político se encuentra el poder y la forma en que se interactúa con él.
A lo largo de la historia, han existido gobernantes que encuentran en el poder la vía para actuar con empatía, especialmente hacia los más vulnerables, y para distribuir la riqueza del Estado en favor de una sociedad en un ambiente de paz. Al reflexionar sobre el ejercicio del poder, cabe preguntarse: ¿Todo aquel que posee poder es necesariamente un tirano? Por supuesto que no. Aunque pocos, han existido líderes queridos por sus pueblos.
En la Antigüedad destacan Ciro el Grande en Persia (559 a. C. – 530 a. C.) y Marco Aurelio en el Imperio Romano (161 d. C. – 180 d. C.). Durante la Edad Media y la Edad Moderna resaltan Luis IX (1226 – 1270) y Enrique IV (1589 – 1610), reyes de Francia. En la época contemporánea y el siglo XX, son referentes Nelson Mandela, presidente de Sudáfrica (1994 – 1999), José Alberto «Pepe» Mujica, presidente de Uruguay (2010 – 2015), y en el ámbito monárquico reciente, el rey Harald V de Noruega (1991 - 2026).
Respecto al sistema democrático en sí, existen de manera innegable tanto virtudes como deficiencias que conviene examinar. Entre sus aspectos más vulnerables se encuentra, en primer lugar, la desinformación cívica y técnica; es evidente la falta de preparación en educación cívica por parte del electorado, así como las carencias en conocimientos legislativos, judiciales y de políticas públicas que suelen presentar quienes aspiran a gobernar. A esto se suma la falta de contrapesos y la discrecionalidad, pues cuando no existen límites claros al poder se dejan abiertas un exceso de atribuciones. Por otra parte, existen constantes ejemplos del uso de la demagogia y la distorsión electoral que amenazan la estabilidad del sistema, dado que la búsqueda incesante de votos incentiva el populismo. De hecho, lo más contradictorio radica en que algunos dictadores han llegado al poder mediante procesos democráticos para después afianzarse en él, traicionando las promesas de bien común para sus gobernados al buscar únicamente el beneficio propio.
A pesar de estas carencias, el modelo democrático posee también fundamentales aspectos positivos. El primero de ellos es la capacidad de establecer límites al poder, ofreciendo la oportunidad de acotarlo mediante «candados» jurídicos que protegen los bienes públicos y previenen los abusos. Asimismo, fomenta un sólido Estado de derecho al fijar reglas, normas y leyes diseñadas específicamente para proteger a la ciudadanía de actos tiránicos. Uno de los aspectos más relevantes radica en que promueve una responsabilidad compartida, ya que en un régimen democrático la ciudadanía asume conjuntamente el destino político de su nación, lo que exige al ciudadano adquirir formación cívica y ejercer activamente la exigencia de sus derechos; por ello resulta necesario disminuir el abstencionismo, que en elecciones presidenciales ronda en promedio un 40 %.
En definitiva, como suele señalarse con frecuencia: «Quizá la democracia no sea el sistema político perfecto, pero hasta ahora ha demostrado ser el mejor”.
Ana Lisa

