El valor de los valores
Si comparamos las actitudes morales de hace unas décadas con las actuales, apreciamos con claridad cómo han cambiado. Quizá muchas de estas transformaciones pasen desapercibidas porque, aunque nos cueste reconocerlo, se han vuelto parte de nuestra mmm cotidianidad e idiosincrasia. A menudo se suelen citar actos como ayudar a una persona mayor a cruzar la calle o ceder el asiento en el transporte público como conductas a destacar positivamente, pero la cruda realidad muestra que estos hechos son cada vez menos frecuentes. Los valores han cambiado y distan mucho de ser los mismos de tiempo atrás.
Resulta penoso que en la conmemoración del “Día mundial de los valores humanos” (29 julio), coincida con fechas de un gran escándalo: precisamente de valores humanos en nuestro país, por las inconsistencias en el examen de admisión de una de las casas de estudios más prestigiosas de América Latina: la UNAM. Es en este punto donde emerge la laxitud, entendida como esa elasticidad o postura relajada con la que nos conducimos ante las normas y las leyes. En un examen de selección, la regla elemental es que la persona que desea ingresar responda por sí misma para medir su grado de conocimientos. Lamentablemente, esto no es un hecho aislado. Tanto el IPN como la UNAM han sido blanco de fraudes recurrentes: entre los años 2000 y 2010 se denunció la venta de reactivos; en 2022 y 2023, la comercialización de hojas de respuestas; y en 2025, farsas donde los aspirantes se auxiliaban de terceros en tiempo real para obtener las contestaciones correctas.
Estos antecedentes explican, desafortunadamente, por qué destacamos en los primeros lugares de corrupción. Se trata de una corrupción donde los valores son acallados por una conciencia laxa que se acomoda al bienestar personal, aun a costa de causar daño a terceros. Esta característica es la que convierte un acto aparentemente banal en algo profundamente preocupante, pues estos hechos escalan hasta perder toda relación de causa y efecto. Lo que comienza con un fraude que falsamente consideramos inofensivo, continúa con pequeñas trampas por unas monedas, para después derivar en fraudes inmobiliarios, esquemas piramidales, venta de plazas laborales, e incluso actos abominables como la venta de un hijo o una hija a cambio de dinero.
Es justamente en este punto donde entra en juego la disonancia cognitiva: esa profunda contradicción entre el discurso de integridad que profesamos y las acciones deshonestas que justificamos en el día a día para mantener nuestra comodidad. Nos engañamos creyendo que nuestras pequeñas faltas no cuentan, cuando en realidad la degradación moral nace en esa falta de rigor personal. Ser honestos con los demás es indispensable, pero la verdadera transformación exige empezar por ser implacablemente honestos con nosotros mismos, confrontando esa laxitud interna antes de que sea la conciencia la que quede completamente anestesiada.
Ana Lisa

