El doloroso parto de una nación
Es innegable que la llamada Conquista fue violenta. Hoy13 de agosto, a 505 años de lo sucedido, la descendencia de aquellos pueblos (el español y las culturas tlaxcalteca, totonaca, maya, zapoteca, mixteca y chichimeca) conforma una sola nación: México; y frente a nuestro origen, pareciera que algunos siguen atrapados en el bando de los vencedores o de los vencidos.
Siempre, ante eventos de tal magnitud trágica, surgen polarizaciones que ignoran la inmensa gama de grises de ambas partes. Han pasado cinco siglos; aquellas batallas son tiempo pasado. Es cierto que en ambos lados hubo dolor, sangre y pérdidas, pero de aquella fricción violenta emergió una nueva identidad, ni blanca como la peninsular, ni indígena como la mesoamericana: la mestiza. Marcados por ese designio, hoy nos desenvolvemos como un país latino. Heredamos no solo el crisol de un territorio vasto en recursos y biodiversidad, sino también la amalgama de dos civilizaciones milenarias. Por un lado, la riqueza del mundo precolombino; por el otro, el bagaje de una Europa que aportaba conocimientos gestados tras siglos de intercambios y fusiones propias. ¿Es una herencia superior a la otra? No. Somos la fundición de dos grandes universos, una realidad donde saberes, lenguas y costumbres convergen en nuestras manos, sin importar ya de qué lado del océano emanaron.
Ser mexicano, debe ir más allá de aferrarse a un pasado que ya caducó. Reivindicar una pureza inexistente (sea mesoamericana o ibérica) es negar nuestra naturaleza híbrida en un mundo convulso y globalizado. Si bien la globalización no es una panacea, el devenir histórico avanza con una inercia imparable; pretender detener ese flujo para refugiarnos en la ilusión de una tradición inmaculada es ignorar la fuerza misma de la historia. A la luz de nuestro presente, cabe preguntarnos: ¿ Por qué el empeño de seguir habitando los agravios de dos mundos que, de forma aislada, ya no existen en nuestro querido país ?
Ana Lisa

