Autor es
En el vasto catálogo de nuestras bellas artes y artesanías mexicanas, las obras resultan a menudo inconfundibles: una canción que eriza la piel, una escultura que desafía al tiempo, una pieza arquitectónica o un textil tejido con historia. Sin embargo, detrás de este despliegue de belleza, existe una omisión histórica, que invisibiliza al motor principal de nuestra cultura: la creación intelectual.
Como sociedad, hemos caído en una contradicción peligrosa: admiramos la obra, pero silenciamos a su autor. Es momento de hablar de justicia cultural.
En la industria musical, vivimos una disparidad estructural alarmante. Mientras el intérprete suele ocupar el centro de la atención pública, el autor y/o compositor aquel arquitecto sin el cual la obra simplemente no existiría, permanece en un anonimato normativo. En México, aunque el derecho de autor es un derecho humano reconocido que protege tanto intereses morales como materiales, la realidad es otra. El derecho moral de paternidad faculta al autor para exigir su crédito, pero la legislación actual, específicamente el artículo 21 de la Ley Federal de Derechos de Autor es reactiva: le permite exigir el nombre, pero no impone una obligación proactiva a los difusores.
Privar a un autor de su crédito en radio, televisión o plataformas digitales es arrebatarle su salario moral; es una vulneración continua a la esencia misma de la propiedad intelectual.
Ante este vacío, surge la necesidad de una reforma que no es solo un reclamo gremial, sino un acto de soberanía cultural. Tomando como referente el éxito de leyes en Puerto Rico o España, la iniciativa propuesta desde Quintana Roo con el poder que le confiere presentarla ante el Congreso de la Unión y con aplicación nacional, para que la mención del autor sea obligatoria, visual o verbal, antes o después de cada ejecución. No es un obstáculo para la industria; es una herramienta pedagógica para que el pueblo mexicano reconozca a quienes dotan de significado a nuestra historia.
El desprecio por la autoría no solo es legal, sino social, y se manifiesta en dos plagas contemporáneas: la piratería y la invisibilización artesanal.
Con la paradoja de la piratería existe una miopía fingida en quienes comercian con copias ilegales. Se excusan en lo económico, alimentando un encono infundado contra el creador exitoso. Sin embargo, esos mismos comerciantes se indignan cuando alguien más piratea su puesto. Esta hipocresía revela que saben, en el fondo, que el plagio es un ilícito contra el esfuerzo, el tiempo y las ideas ajenas.
Si el expolio de la piratería genera pérdidas millonarias, en nuestras comunidades indígenas genera tragedias existenciales. Empresas que realizan "duplicados" de diseños centenarios sin permiso, o la invasión de productos, principalmente de origen asiático, que suplantan nuestra identidad con materiales de baja calidad y productos mal elaborados. Palma, madera, textiles, cerámica, piel, no son solo insumos; son el recipiente de una tradición que corre el riesgo de perecer si seguimos dando la espalda a nuestros artesanos.
Reconocer la propiedad intelectual es validar el esfuerzo intelectual y emocional que sostiene nuestra belleza colectiva. Ya sea ante una partitura o ante el barro en un taller, es el autor quien convierte la materia prima en una herencia viva.
Legislar para que el autor sea nombrado no por mero trámite jurídico; es un acto de respeto hacia el binomio vital de la creación. Defendamos hoy el derecho de quien plasma y concibe, porque quizá mañana despertemos y nuestras raíces en este mundo habrán sido sustituidas por una mala copia, fría y sin nombre.
La propiedad intelectual es el salario del alma. Es hora de que México lo pague con justicia y reconocimiento.
Ana Lisa

