Híbrido

 

Es probable que no siempre seamos conscientes de nuestra condición como sujetos de la historia viva, pero hoy transitamos una revolución industrial sin precedentes. Si el siglo XVIII nos legó el vapor, el XIX la electricidad y el XX la informática, el siglo XXI despliega una "Cuarta Revolución Industrial" con una arquitectura propia: una velocidad vertiginosa que procesa casi todas las áreas de la necesidad y el ocio humano. Desde la biotecnología y casi hasta el tejido mismo de nuestras emociones, me atrevería a decir que casi todo está siendo reprogramado bajo una lógica de conectividad total.

En el marco del Día Internacional del Aprendizaje Digital, debemos distinguir los nuevos modelos educativos que, como comunidad, estamos obligados a implementar en nuestro ecosistema. No hablo de una simple capacitación técnica, sino de una interoperabilidad generacional. Urge un modelo heterogéneo donde el adulto se atreva a ejecutar un borrado selectivo de procesos obsoletos para innovar en tiempo real, integrando este flujo de datos a su consolidado bagaje de conocimientos. Simultáneamente, el joven debe aprender a filtrar la sabiduría que subyace tras la interfaz, trascendiendo el consumo efímero de información.

Frente al cosmos digital, el joven y el adulto habitamos realidades cognitivas opuestas. Más que una brecha tecnológica, esta divergencia es una colisión de filosofías de vida; una amalgama de conocimientos sólidos y destellos de frescura que deben funcionar como aliciente mutuo. Es un intercambio que opera más allá de la simple window o ventana de navegación. Esa inmersión fina y sutil del joven en la red se ejecuta con familiaridad táctica, armonizando la información con una carcajada repentina que, como es propio de la juventud, proviene de lo inquieto y lo espontáneo que lo hace divertido. Si estos movimientos se pudieran melodizar, serían frecuencias que unos dedos inquietos trasladan a los sentidos y estos, a su vez, a la cognición. Se trata de una cognición distinta a la del adulto, quien opera desde la premisa de que su ignorancia es un archivo mucho más vasto que su saber; para él, el saber no es un descubrimiento fortuito, sino una investigación rigurosa basada en la razón.

El adulto, ante la fragilidad de la memoria, recurre a la mnemotecnia para "ligar" lo aprendido en un repositorio que percibe como inacabable. Sin embargo, esta acumulación de reglas lo vuelve vulnerable al desconcierto cuando la tecnología rompe sus esquemas previstos. El punto de mayor fricción surge cuando el entorno digital, fiel a su naturaleza efímera, cambia las reglas del juego. Lo que para el joven es una simple actualización de software, para el adulto representa un naufragio cognitivo. Mientras el joven ejecuta un reboot automático de su proceso de descubrimiento, el adulto se enfrenta a una obsolescencia programada de sus propios saberes evocados. Esta tensión golpea su estabilidad al ver cómo pasos cuidadosamente memorizados se desvanecen ante un cambio de diseño o de algoritmo.

Esta diferencia de origen marca trayectorias opuestas. El joven utiliza lo digital como un patio de recreo; su aprendizaje es acumulativo pero ligero, movido por el deseo de ambicionar data inmediata y el privilegio de enviar al trash lo irrelevante, confiando en la red como una extensión de su propia memoria biológica. Su mayor fortaleza es la plasticidad que otorga la falta de método, una agilidad que el adulto, a veces atado a la estructura rígida de los datos, suele perder. El joven opera bajo una lógica de intuición y velocidad; para él, el saber no es un host de destino, sino una evidencia inmediata que se encuentra al improvisar. Ve en el error una oportunidad de optimización, mientras que el adulto teme que la falta de rigor conduzca a una falla crítica del sistema.

Esta precaución es vital: cuando se ignora la cautela, se sucumbe ante vulnerabilidades que ponen en riesgo la seguridad colectiva. Es aquí donde el adulto debe transmitir la cultura de la ciberseguridad y la previsión; en una red que captura datos sin tregua, la dark web y sus vectores de ataque no son un mito, sino una amenaza latente para el patrimonio y la integridad familiar. Sin embargo, se observan casos de adultos que pretenden ejercer la versatilidad del joven, descuidando el rigor de seguridad que forma parte de su propio ADN cognitivo. Si bien no debe minimizarse el talento del binomio conocimiento-descubrimiento que poseen algunos adultos excepcionales, pues ésta no constituye la regla general. En ocasiones, el deseo de querer aventajar al joven en su propio terreno (intentando replicar su chispa, su agilidad o incluso su volumen de seguidores) resulta una tarea sumamente compleja. Al intentar copiar una naturaleza que no les es propia, muchos terminan extraviados en dimensiones que no dominan, sacrificando la solidez de su experiencia por una frescura que termina siendo artificial.

La brecha digital no es una cuestión de acceso o conectividad, sino una tensión permanente entre la ligereza de quien fluye con el cambio y la solidez de quien intenta anclar lo infinito a la estructura de la memoria. Es momento de trascender el concepto y conjuntar estas dos formas de adquirir saberes; hagamos que el aprendizaje sea híbrido. Según la Real Academia Española, un híbrido es un concepto que “combina elementos de dos naturalezas, especies o fuentes distintas para formar algo nuevo”. Al integrar estos extremos que se tocan, no solo cerramos una brecha, sino que activamos el verdadero motor de la corresponsabilidad en la era del bit.

Ana Lisa

 
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