Las Ausencias con Nombre y Apellido

 

Desde hace unos minutos, una inquietud corroe el alma, un escalofrío se anida en el pecho, los ojos incansables, buscan refugio en el reloj, como si sus manecillas tuvieran el poder de detener la marea creciente de la angustia. El inconsciente, esa voz íntima de la cordura, susurra hipótesis que se desvanecen: quizá la batería agotada, el transporte varado, los amigos que retienen sin piedad, un "algo debió retardarlo" se repite en la mente que se va negando a aceptar este presente incierto, un rumear desesperado desea ahuyentar el fantasma que ya se vislumbra. La calma es un espejismo inalcanzable, las horas se deslizan, una tras otra, voraces, devorando la noche, el sueño se niega a dar tregua, es esquivo, es cruel. Cada llamada que no contesta es una punzada en el alma, un eco vacío que resuena en el silencio helado del hogar, taquicardia que fatiga, pero que sólo es superada por el grito interior que mantiene la esperanza. Se busca auxilio en el círculo de conocidos: amigos, compañeros de trabajo o de escuela. Algunos responden con voces somnolientas, otros permanecen mudos, quizá ajenos al torbellino que ya se desata.

"Mañana temprano verán el mensaje", una promesa vacía que apenas consuela. La memoria se convierte en un laberinto tortuoso. Se revisan mensajes, se intenta descifrar la última conversación, cada palabra, cada gesto. ¿Hay algo que se escapa? ¿Alguna señal que se dejó pasar?

Las explicaciones brotan como maleza en un campo estéril: verdaderas, falsas,

bienintencionadas, crueles. El recuerdo se aferra a los detalles más triviales: el color de una camisa, la textura de unos pantalones, la marca de unos zapatos. Cada prenda, cada rasgo, se convierte en una clave vital para la denuncia ante las autoridades, un intento desesperado por dar forma a lo intangible, por materializar una ausencia. ¿Cómo se explica lo inexplicable a los ojos ingenuos de un niño pequeño? ¿Qué palabras se encuentran para los ancianos, cuya sabiduría se enfrenta a una realidad tan atroz? ¿Cómo consolar, cuando el propio consuelo se ha desvanecido en el aire enrarecido de la incertidumbre? La sociedad impávida no da consuelo, los habitantes caminan sus calles sin mirar y sin escuchar a esas familias que lloran una ausencia perpetua, una partida sin ataúd, sin lápida, sin la certeza que da el adiós final. Una negación terca se aferra a la conciencia, una resistencia feroz a aceptar la cruda realidad que, como una sombra implacable, se cierne sobre innumerables familias en este nuestro México: la desaparición de personas. No hay nada por mínimo que sea para minimizar el dolor, incapaces de sanar esta herida abierta en el corazón de la nación. Es una tortura que cala hondo en la conciencia colectiva, un eco constante de este mal que nos acecha, cada día que pasa son más las víctimas, familias completas que sucumben ante la esperanza. ¿Desde cuándo este México se tiñó de sangre, un lienzo oscuro donde miles de historias las borran sin dejar rastro, dejando solo el dolor constante de una pregunta sin respuesta?

A todos aquellos que todavía su dolor no ha sido sanado, porque su ser querido aún no es encontrado. En el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas.

Ana Lisa

 
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