Lenguaje armado
A lo largo de la historia, los discursos de odio han dejado una huella indeleble y dolorosa en el devenir mundial. Solemos mirar hacia atrás y recordar con horror las dos grandes guerras mundiales, aquellos episodios de barbarie que cobraron millones de víctimas mortales y dejaron a millones más viviendo en carne propia uno de los capítulos más penosos de la humanidad. Suena lejano y resulta monstruoso que se hayan atrevido a tales hechos; sin embargo, no podemos caer en el error de pensar que esos actos atroces se limitan al pasado o a los conflictos armados.
Hoy en día, la intolerancia sigue cobrando fuerza en escenarios que trágicamente conocemos bien: el horror de las Torres Gemelas, la constante tensión en Medio Oriente, el devastador conflicto entre Ucrania y Rusia, la violencia criminal que desangra a gran parte de Latinoamérica, así como las guerras civiles, las crisis políticas e innumerables confrontaciones locales. Lo verdaderamente grave de la época actual es que miles de seres humanos siguen recitando discursos de odio cotidianamente, y la humanidad parece estarse acostumbrando a ello. Esta normalización es un enemigo silencioso que suma a un odio violento que, día con día, nos consume el tiempo de paz, de goce y de verdadera armonía.
En nuestro propio entorno, las diferencias civiles han aumentado de forma alarmante debido a que son constantemente "atizadas" con el veneno despiadado de la confrontación, la calumnia y la discriminación. Nos enfrentamos a una preocupante cerrazón hacia la comunicación, caracterizada por una "risa" maliciosa y tintes mezquinos disfrazados en una mueca. Es doloroso ver cómo se manipulan discursos supuestamente orientados a la defensa del ser humano, la familia, la amistad, la patria o nuestra propia historia, utilizándolos como escudos para validar la exclusión o la absurda comparación como ciudadanos del mundo. Ante esta realidad, surge una interrogante inevitable: ¿desde cuándo mi querido México optó por la guerra en lugar de la ayuda? ¿En qué momento decidimos suplir la venganza por la empatía, y la herida por la sanación?
Para encontrar la respuesta, basta con volver la mirada a nuestra propia historia de solidaridad. Aún está presente el recuerdo de aquella adolorida noche cuando, después del estrepitoso movimiento telúrico, los ciudadanos nos unimos codo a codo para ayudar al hermano en desgracia. En ese momento nadie durmió, porque es imposible conciliar el sueño cuando el prójimo yace en el desconsuelo. Fuimos un ejemplo brillante de fraternidad ante un mundo sumido en la guerra; por ello, resulta incomprensible que hoy en día no apelemos a esa unión verdadera que demostramos tener "en las buenas y en las malas".
Debemos recuperar el valor de la cotidianidad, aquella alegría que daba el disfrutar del juego entre vecinos, del diálogo abierto y del conocimiento genuino de nuestro prójimo. Es urgente rechazar la polarización destructiva. Me niego rotundamente a aceptar que el viento, teniendo la capacidad de crear una brisa suave, se incline y se empecine en generar movimientos que sólo crean tormentas, tornados y ciclones. La paz no es una utopía inalcanzable, sino una elección diaria que comienza cuando decidimos apagar el eco del odio y encender, de una vez por todas, la luz de la empatía.
Ana Lisa

