El mar: el lugar donde la ley se ahoga

 

Hoy, 25 de junio, el calendario oficial marca el Día de la Gente de Mar. Mientras las organizaciones internacionales publican comunicados tibios y las grandes navieras comparten fotografías idealizadas de sus tripulaciones, la realidad es mucho más oscura y exige que dejemos de ser espectadores pasivos. Basta con mirar a nuestro alrededor: el teléfono en nuestras manos, la ropa que vestimos o el combustible que mueve nuestras ciudades. Es estadísticamente casi seguro que todo ello llegó a nosotros flotando sobre un océano, impulsando la inmensa mayoría del comercio global. Sin embargo, a quienes hacen posible este flujo incesante que sostiene nuestras economías, los hemos dejado a la deriva. Le restamos toda la importancia a un sector vital, permitiendo que un velo de amnesia social y legal cubra a los trabajadores en el instante en que sus buques pierden de vista la costa.

Cuando un barco mercante se adentra en ultramar, parece que las leyes y los derechos humanos se disuelven en el agua salada. Más allá de las fronteras físicas y de la soberanía de los países, la línea entre el trabajo digno y la explotación se vuelve peligrosamente delgada. Jornadas extenuantes bajo el pretexto de la "necesidad operativa", meses de aislamiento extremo y, en los peores casos, el abandono total de tripulaciones por parte de armadores fantasma, son el pan de cada día. Frente a esto, un error común desde la comodidad de nuestros escritorios es pensar que la solución radica simplemente en exigir que sus condiciones sean iguales a las de la población en tierra. Esta es una miopía legislativa que ignora por completo la naturaleza de su entorno. Las condiciones de la gente de mar no deben ser iguales a las nuestras porque, sencillamente, no estamos pisando el mismo suelo. El suelo del marino es un suelo acuoso, inestable, violento y aislado en múltiples aspectos. El riesgo constante, el encierro y la desconexión total de sus familias exigen marcos de protección, compensación y atención a la salud mental radicalmente distintos y superiores, diseñados para una realidad donde el lugar de trabajo es también, durante meses, el único lugar de vida.

Si este panorama laboral general es alarmante, al mirarlo con perspectiva de género se vuelve francamente insostenible. En pleno siglo XXI, resulta incomprensible e indignante que tan solo el 1.2% de las personas que laboran en el sector marítimo mundial sean mujeres. Esta cifra no es un simple dato estadístico; es la radiografía vergonzosa de una industria profundamente excluyente, diseñada históricamente por y para hombres. La carencia de una perspectiva de género en altamar va mucho más allá de las cuotas de contratación. Se traduce en buques que carecen de infraestructura básica para ellas, en una falta de protocolos efectivos contra el acoso y la violencia en un entorno cerrado del que no se puede escapar, y en techos de cristal reforzados con acero que las relegan mayoritariamente a puestos de servicio, lejos de los puentes de mando. No basta con decir que queremos a más mujeres navegando; hay que desmantelar la estructura misógina de las operaciones marítimas para crear un ecosistema donde la seguridad y el desarrollo profesional no dependan del género.

Como sociedad, hoy no podemos limitarnos a dar aplausos vacíos ni a publicar agradecimientos de rutina. Es momento de ser disruptivos y de aceptar que somos cómplices silenciosos de una cadena de suministro global que exprime a sus eslabones más invisibles a cambio de envíos rápidos y baratos. Necesitamos exigir que los tribunales internacionales tengan verdaderos dientes para sancionar a los dueños de los buques y no solo a las banderas de conveniencia que usan como escudo. Los derechos humanos y laborales no pueden quedarse anclados de forma segura en los puertos; tienen que navegar junto con cada buque, garantizando la dignidad de la gente de mar que, sobre un suelo inestable, mantiene vivo el pulso de este planeta. La justicia no debe naufragar en altamar.

Ana Lisa

 
Anterior
Anterior

Del chiste hasta la violencia extrema

Siguiente
Siguiente

Lenguaje armado