Maestro

 

Maestro del latín magister, el que más sabe, con el nivel más alto de conocimiento.

La figura del docente no es un simple trámite administrativo ni una posición de jerarquía estéril, es, en su esencia más pura, una responsabilidad sagrada. Todos guardamos en el santuario de la memoria el eco de aquel profesor cuya vocación trascendió el aula. Lo recordamos si, por el dato técnico, y también por la calidez del trato, por el "apapacho" emocional en el momento preciso y por la firmeza de un regaño que, con los años, comprendimos que era lo adecuado para el cuidado. Ese profesional es quien posee el talento innato de transformar lo árido en asombro: convierte una suma o una resta en un juego, hace que la biología respire y logra que la abstracción del álgebra o la física dejen de ser muros para convertirse en ventanas. Ese maestro es luz en la rutina, el guía que valora el esfuerzo por encima del frío número de una boleta y que enseña que la verdadera excelencia no es la perfección, sino la voluntad de aprender.

Sin embargo, es imperativo confrontar la sombra que aún habita en los pasillos de la academia. Existen quienes, carentes de alma, hirieron infancias y adolescencias con comentarios rapaces, despreciando tareas realizadas con ahínco y negando el reconocimiento a quien daba lo mejor de sí. A esos académicos les hablo hoy: si no han hecho de la vocación su vida, su andar es un error que cobra víctimas reales.  Herir el corazón de un niño o un joven es una traición a la confianza de quienes ven en el maestro una extensión de la protección familiar. No es aceptable que el profesorado proyecte sus frustraciones, sus carencias o sus propios traumas del pasado sobre mentes que apenas comienzan a florecer. La educación no puede ser un ejercicio de poder para restar felicidad, sino un acto de entrega para multiplicarla.

Es momento de una ruptura profunda en la academia. El conocimiento no es un arma de control, sino un agua que debe regar la semilla del saber. Quien se dedica a la enseñanza debe llevar en su ADN la obligación moral de nutrir, no de marchitar. No lastimes a quien no entiende tu materia; mejor, cuestiona tu propia capacidad para explicarla. Si eres profesor, tu misión es ser el catalizador de la victoria ajena. Si no estás dispuesto a ser ese halo de luz que ilumina la confusión, si no tienes la bondad para reconocer el talento más allá de una calificación, entonces estás en el lugar equivocado. La vocación es un llamado a la acción: sean los guías que sanan y construyen, porque en cada estudiante reside una semilla que, con el cuidado correcto, está destinada a transformar el mundo.

Ana Lisa

 
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