Neurodiversidad: el espectro a todo color

 

Dejemos de celebrar condiciones y empecemos a incomodar conciencias: hoy no conmemoramos un diagnóstico, celebramos la complejidad radical de ser humanos en un mundo que insiste en la uniformidad. Partimos de una premisa tan firme como profunda: somos iguales en dignidad, pero radicalmente distintos en todo lo demás, y es precisamente ahí, en lo vasto de lo "diferente", donde reside nuestra mayor riqueza. En el inmenso espectro de la existencia, el autismo emerge como esa diferencia invisible que desafía nuestra capacidad de mirar más allá de lo evidente, recordándonos que mientras la luz blanca se refracta en un arcoíris para ser bella, la humanidad se despliega en un abanico de procesos cerebrales tan bello cuán diverso ha sido la creación del ser humano en todas las disciplinas, esencia misma de nuestra evolución.

Sin embargo, en México, este arcoíris de neurodiversidad ha tenido que abrirse paso entre el ruido de pasillos hospitalarios y también dejando el silencio ante lo desconocido. Lo que a principios del siglo XX se susurraba como una "frialdad materna" o se confundía con psicosis, hoy es un grito por la justicia social que no nació de la burocracia, sino de la resistencia de familias y comunidad que se negaron a aceptar la invisibilidad. Es un absurdo estadístico que, en un país donde se estima que 1 de cada 115 niños vive con esta condición (Autism Speaks y la Clínica Mexicana de Autismo) , más de 400,000 historias de vida sigamos careciendo de un censo oficial. Sin números no hay rostro, y sin rostro, las políticas públicas son solo literatura. Transitando de la caridad al derecho, pero el camino aún está empedrado con "leyes de papel" que, aunque lucen impecables en la Gaceta Oficial, carecen de presupuesto y de la voluntad política para dejar de ser letra muerta.

La verdadera inclusión no es "tolerar" al que procesa el mundo de forma distinta; es reconocer que el Artículo 1º de nuestra Constitución no es una sugerencia, sino un mandato: queda prohibida toda discriminación que atente contra la dignidad. No obstante la dignidad no se garantiza solo con iluminar monumentos de azul cada abril; se garantiza cuando un diagnóstico temprano no depende de tu código postal y cuando el sistema educativo deja de confundir la integración física con la pertenencia real. La labor de instituciones como Autismex, Domus, Teletón o Iluminemos por el Autismo han sido el motor profesional, empático, de investigación científica, de observación profunda, pero no podemos permitir que solo la sociedad civil siga cargando con la responsabilidad de un sistema que empuja a las personas al "precipicio" al cumplir los 18 años. Un adulto con autismo en México no debería ser un estigma para el mercado laboral ni una carga para un sistema que los ignora.

Romper el mito de la incompatibilidad exige entender que no hay dos huellas dactilares iguales, por lo tanto, querernos hacer iguales es una mentira colectiva que nos hemos creído para sentirnos seguros. El derecho a ser diferente es, en última instancia, el derecho a existir sin ser editado. Necesitamos una justicia estructural que transforme la conciencia en compromiso diario, donde el respeto no sea un acto de bondad, sino el reconocimiento de un valor intrínseco. Al final del día, más allá de las etiquetas y las luchas legislativas, debemos entender que un mundo donde todos pensaran, sintieran y actuaran igual, no sería un mundo perfecto; sería un mundo sin luz. La neurodiversidad no es algo que México deba "resolver", es la realidad que México debe abrazar para dejar de ser un país de sombras y convertirse en uno de colores plenos.

Ana Lisa

 
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