No corro, no grito, no hablo …
Por aquello del interés superior de la niñez...y del día mundial de la salud...
El interés superior de la niñez representa mucho más que un concepto jurídico abstracto; debe ser el eje rector de toda acción estatal, social y familiar. Sin embargo, al cumplirse más de un siglo de la Convención de Ginebra (1924), décadas de la Convención de los Derechos del Niño (1989), y la aplicación obligatoria en los tribunales mexicanos (marzo 2014), nos enfrentamos a una realidad paradójica donde la voluntad , el progreso tecnológico y urbano parece estar erosionando los pilares básicos de la salud infantil. El Artículo 27 de la citada Convención, reconoce de forma contundente el derecho de todo infante a un nivel de vida adecuado para su desarrollo integral. No obstante, la observación cotidiana de nuestras prácticas contemporáneas sugiere que, lejos de proteger este derecho, estamos sumergiendo a las niñas y niños en un entorno de negligencia sistemática y, en muchos casos, de violencia encubierta bajo el manto de la modernidad.
Esta erosión comienza en el entorno que debería ser el laboratorio de la libertad: la escuela. Mientras que en el pasado el recreo era un espacio de movimiento vigoroso, gritos y exploración física esencial para el desarrollo motor y la descarga emocional, las instituciones actuales han criminalizado el juego bajo una premisa de seguridad mal entendida. Al prohibir el correr o el juego dinámico, se asume erróneamente que la integridad física solo se garantiza mediante la inmovilidad. Esta restricción no solo afecta el desarrollo muscular y cardiovascular, sino que violenta la naturaleza misma del infante, quien necesita del movimiento para procesar el mundo y socializar de manera sana. La seguridad no tiene por qué estar reñida con el juego activo; por el contrario, un niño al que se le impide moverse es un niño al que se le está negando el aprendizaje de sus propias capacidades y límites.
En el núcleo familiar, el fenómeno se manifiesta de forma aún a veces más agresivo y preocupante a través de lo que podríamos llamar el sedentarismo asistido. Es cada vez más común observar a niños de edades avanzadas, incluso de seis o siete años, siendo transportados en carreolas, un instrumento diseñado exclusivamente para la inmadurez motriz del lactante. Esta práctica anula la autonomía física y, lo que es más grave, se convierte en una barrera para el vínculo humano. En estos trayectos, el contacto visual y la comunicación verbal son sustituidos por el silencio o el uso de pantallas, mientras el "cuidador" se sumerge en su propio dispositivo móvil. Esta falta de atención y de relación parental afectiva constituye una forma de abandono emocional en presencia, donde las necesidades de interacción, validación y exploración del menor son sacrificadas por la comodidad del adulto o la distracción digital.
La configuración de la sociedad actual añade una capa extra de hostilidad hacia la infancia. Hemos construido ciudades peligrosas para el peatón, donde el automóvil es el protagonista y los espacios públicos seguros casi han desaparecido o se han privatizado. El confinamiento en departamentos pequeños, la escasez de parques y la transformación de las fiestas infantiles en eventos pasivos han eliminado la actividad física del itinerario cotidiano. El juego y la plática han sido sustituidos por el consumo de contenido en pantallas, creando un aislamiento social que se ve agravado por un entorno alimentario agresivo. La industria ofrece porciones desmesuradas y estrategias de mercadotecnia, como el "refill" o el agrandamiento de raciones por costos mínimos, que sobrepasan con creces la recomendación de ingesta para un organismo en crecimiento. Esta normalización del consumo de bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados, a menudo iniciada desde los primeros meses de vida, representa una agresión metabólica cuyas consecuencias —como la obesidad y enfermedades crónicas prematuras— son una forma de violencia física a largo plazo.
Finalmente, este panorama de descuido se completa con una crisis ambiental y educativa que compromete el futuro. La exposición constante a aire contaminado, humo de tabaco y alimentos sin la debida limpieza, sumada a sistemas de enseñanza que priorizan la memorización mecánica sobre la curiosidad y el razonamiento, configura un escenario de violencia estructural. No estamos simplemente educando a los hombres y mujeres del mañana; estamos descuidando a los ciudadanos del presente. Si el interés superior de la niñez ha de ser una realidad y no solo una consigna legal, es urgente recuperar la conciencia sobre el cuidado integral. Reconocer que los estamos violentando a través de la inacción, la mala nutrición y el desinterés emocional; éste será el primer paso para devolverles el derecho a una infancia digna, activa y verdaderamente saludable.
Ana Lisa

