Cicatrices que delinquen

 

Si en el 2026 nos horrorizamos del trato de algunos cuidadores hacia los niños, pocas veces volteamos a ver la causa que lleva a nuestros niños indefensos a cargar con el aterrador sentimiento del rencor de quien fue maltratado. Aún hace una o dos décadas se tenía por bien visto el rigor de cuidadores como padres, abuelos, maestros y también de consejeros “espirituales” de lastimar físicamente con golpes desde “leves” e incluso han sido documentados casos mortales, donde padres dieron muerte a sus hijos por golpearlos en pro de un falso correctivo.

Aquí un poco de historia de una herencia pre hispánica que hasta hoy no corrige: el Códice Mendoza documenta que la intensidad de los castigos corporales y psicológicos aumentaba gradualmente desde los 8 hasta los 12 años, e incluían desde amenazas y punzadas con espinas, hasta golpes, inhalación de humo tóxico y trabajos extenuantes. En el hogar y la escuela se aplicaba una disciplina igualmente estricta, la cual variaba según la clase social y el género, preparando a los niños para actividades de fuerza o militares y a las niñas para labores domésticas y de cuidado.

Al conmemorar el Día del Niño, resulta indispensable reflexionar sobre cómo este ciclo histórico de violencia y control impacta el desarrollo psicológico y social de los menores. Los niños que han sido víctimas de maltrato físico y psicológico durante su desarrollo cargan con un trauma profundo que, al llegar a la etapa adulta, suele manifestarse en conductas antisociales y delictivas. El rencor, la normalización de la agresión y la deshumanización aprendidas en las etapas tempranas de la vida se traducen en la incapacidad de procesar las emociones adecuadamente. Esto lleva a los individuos a replicar la violencia de la que fueron objeto o, bien, a buscar validación a través del crimen. La negligencia y el abuso estructural, legitimados históricamente como correctivos, siembran las semillas de la criminalidad, ya que las instituciones y la sociedad han fallado en brindar un entorno seguro, permitiendo la transgresión constante de los derechos de los menores.

El hecho de ser padres nos enfrenta a la única posibilidad de traer un ser humano a este mundo, un hijo que no pidió venir y cuya existencia es el producto de los anhelos de sus progenitores. Esto representa una inmensa responsabilidad que se elige libremente y no un producto de los caprichos. Cuando este ser indefenso crece con una carga emocional pesada, a menudo se encuentra atado por el chantaje emocional, al punto de que algunos individuos nunca son capaces ni siquiera de pensar que sus padres puedan ser violentadores, ya que detrás los asiste una sociedad que respalda acciones violentas. Esta sumisión psicológica impide el desarrollo de una autonomía sana, perpetuando el ciclo de dependencia y trauma.

Por lo tanto, el deber ser exige reconocer que los hijos son personas con todo el derecho a ser felices, libres de idolatrías o de sumisiones irracionales hacia sus padres. Cuidar a los hijos implica una responsabilidad ética de brindarles una base afectiva sólida, libre de castigos corporales o de la violencia disfrazada de disciplina. Se trata de dar a los niños, sin entrar en conflicto, lo que todos los seres humanos al nacer tendríamos que tener por derecho: un recuerdo de una infancia lo más agradable y segura posible, cortando de raíz el ciclo que transforma a los niños maltratados en adultos que delinquen.

Ana Lisa

 
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