De la guerra interna a la paz social
Según la Real Academia Española, la paz es la «virtud que pone en el ánimo tranquilidad y sosiego, opuestos a la turbación y las pasiones (negativas)». En un mundo convulsionado por profundos conflictos sociales, políticos, económicos y crisis de salud mental o quizá, como consecuencia directa de esta última, la sociedad suele percibir la paz como la simple ausencia de guerra o como un equivalente a la tranquilidad. Si bien paz es no estar en conflicto y vivir tranquilo, esto no implica adoptar una postura pasiva, descuidada o indiferente. Al contrario: es la virtud de quien sabe estar en armonía consigo mismo, con lo que tiene y con lo que no.
Como consecuencia de este equilibrio interno surge la capacidad de convivir con los demás; no por una simple necesidad de evitar la soledad, sino por la convicción de construir una convivencia social sana y pacífica, libre del deseo de obtener ventajas económicas, sociales o mediáticas. La verdadera paz germina en el fuero interno, desde esa disposición del alma a sintonizar con un entorno que vibre en su misma frecuencia: un mundo reverenciado y un eco de respeto que va y viene entre nosotros. La paz no es la ausencia de conflictos, sino la capacidad de responder a ellos con respeto, empatía y la genuina intención de encontrar la mejor solución para todos.
Tener paz, estar en paz y vivir en paz no significa ser cómplices del mal, ni disfrazar una supuesta amistad con muecas de sonrisas falsas. Es precisamente ahí donde nace la violencia que, cual alud, arrasa con todo lo que carece de raíces empáticas. La molestia interna cual bola de nieve, crece a medida que rueda hacia abajo, los rencores ya no bastan; el coraje despiadado y la burla extrema son el gancho perfecto para atrapar a otros (aquellos que se vuelven partícipes, a quienes vence el miedo o quienes suman más conflictos). En dinámicas como el bullying y el mobbing, estos verdugos encuentran cabida. Lo más desconcertante para quien no los conoce es que su apariencia suele ser «relajada», con un dejo de «asombro» y hasta un reflejo casi creíble de «falsa empatía», cuya verdadera intención es pasar de violentador a «violentado». Esta cadena de agresiones, desde las más pequeñas hasta las más graves, es la que desencadena las guerras: esa falta de sabiduría, de valor, de respeto y, sobre todo, de tranquilidad interior. Cuando una guerra interna no cabe en el cuerpo de una persona, termina por desbordarse hacia un grupo, una nación o el mundo entero.
Formar parte de la sociedad actual no nos condena a ser una pieza más del cáncer que alimenta la violencia segundo a segundo. Cada ser humano es perfecto dentro del engranaje de esta fabulosa maquinaria que, a lo largo de la historia, ya ha superado otras épocas violentas. Somos estructuras de hierro que, en lugar de ceder ante el embate despiadado, se transforman mediante la compasión, el respeto, la alegría de vivir, la sabiduría y la justicia. En la actualidad, la violencia opera de manera sistemática; es como moho que se acumula en esos múltiples vacíos, de la desesperanza y la apatía. Esos vacíos, nacidos del desgano o la indiferencia ante el dolor ajeno, que muchas veces intentan llenarse con hechos negativos para ocultar el vacío personal. Ante la falta de voluntad propia, este vacío existencial yace contaminado de coraje, envidia y agresiones que minimiza los logros ajenos y engrandecen los errores de quien brilla. En un mundo que a menudo parece despiadado, la paz debe iniciar con el ejemplo: no con palabras llevadas por el viento, sino con hechos vividos, porque cada acto de paz abona a la paz, y cada acto de violencia alimenta la violencia.
Ana Lisa

