Del morbo al silencio
Morir está de moda en la tele, pero prohibido en la mesa
Nos hemos vuelto expertos en consumir la muerte. Al mediodía, en los medios de comunicación, ahí está: la cifra de homicidios de la semana servida en la mesa, como si fuera el pronóstico del clima. Nos aventamos maratones enteros de series sobre narcotráfico o asesinos seriales, escuchamos canciones que rinden culto al peligro y le damos like al video de la última balacera sin soltar la taza de café. Nos parece normal. La violencia se tornó paisaje y morbo, el entretenimiento del diario.
Hagamos un experimento: en la próxima reunión familiar, en medio de las risas y la plática, haz una pregunta sencilla: «¿Ya pensaron cómo quieren que los despidamos el día que ya no estén o quién se va a quedar con la casa?».
El silencio que sigue es casi palpable; las miradas se cruzan, la incomodidad es inmediata y la clásica respuesta a la defensiva es algo así como: «No digas esas cosas tan feas, vas a atraer a la muerte».
Así de absurda es la paradoja en nuestro diario existir. Somos una comunidad que no concientiza la dimensión de la no vida, del ya no ser; quizá una sociedad hipócrita que aplaude y consume la muerte sangrienta, ajena y espectacular, pero que se paraliza de pánico cuando se trata de la muerte real y propia. La inevitable. La que exige sentarse a redactar un testamento, contratar un servicio preventivo o simplemente tener una conversación madura sobre el futuro.
Nos da miedo hablar de trámites funerarios o seguros de vida, como si evitar hablar del tema mágicamente nos hiciera inmortales. Preferimos cerrar los ojos y dejarles un infierno de trámites, pleitos legales, deudas inesperadas y desorden a los que se quedan, todo por no tener el valor de planear lo obvio a tiempo. No ese «valor» detrás de la pantalla, porque con ese seudovalor evadimos con todas nuestras fuerzas las decisiones futuras que, tarde o temprano, sí van a sacudir la vida de nuestra familia.
Morir es parte de estar vivos, pero parece que preferimos la versión violenta de la nota roja porque esa le pasa «a otros», mientras que nuestra propia mortalidad la escondemos debajo de la alfombra. La verdadera disrupción no es indignarse cinco minutos frente a las noticias ni andar comentando el crimen viral. La verdadera disrupción y la forma más pura de responsabilidad es quitarle el tabú a la realidad: entender que preparar el terreno para cuando no estemos no es llamar a la desgracia, sino un acto de empatía, madurez y amor hacia la gente que queremos.
Dejemos de morbosear la muerte de los demás en los medios y empecemos a hacernos cargo de la propia en la vida real. Porque la violencia del telediario nos distrae un rato, pero la falta de previsión en casa destruye familias de verdad.
Ana Lisa

