Del chiste hasta la violencia extrema

 

El humor es una de las herramientas más poderosas de la humanidad. A lo largo de las últimas décadas, grandes comediantes nacionales e internacionales nos han demostrado que el verdadero ingenio reside en conectar a las personas a través de la alegría. Los grandes de la comedia nunca han tenido como finalidad hacer daño. Cuando el propósito detrás de una supuesta gracia es lastimar, deja de ser humor y se convierte en el arsenal del violentador. Es momento de revisar nuestro actuar y trazar una frontera clara, pues la risa nunca debe concebirse como burla.

La diferencia entre reírse y burlarse de alguien no es un matiz sutil, sino un abismo ético y fisiológico. La risa auténtica es terapia, es medicina pura que genera endorfinas y serotonina que mejora el estado de ánimo, combate el dolor, reduce drásticamente el cortisol y fortalece tanto el sistema inmunológico como la circulación sanguínea, favoreciendo la conexión social al liberar la tensión colectiva. En contraste, la burla no sana, destruye, manifestando un patrón de agresión histórico que es anterior al internet. Todos recordamos situaciones donde alguien intenta hacerse el gracioso a costa de un tercero al que considera vulnerable, desde el entorno escolar con el niño que goza al ver la cara enrojecida, las manos temblorosas y la voz balbuceante de su compañero, hasta el adulto que busca trasladar esa misma mofa ante audiencias masivas.

Detrás del individuo que lanza su ponzoña con apariencia de comedia, casi siempre se esconde una venganza hacia su propia historia infantil. Esos maltratos del pasado lo condicionaron a hablar el mismo idioma de la crueldad en todas sus relaciones interpersonales, por lo que su desprecio no es superioridad, sino el reflejo de una profunda inferioridad maquillada de prepotencia. Lamentablemente, como sociedad hemos alimentado este motor a través de los medios masivos de comunicación, los cuales desde hace tres o cuatro décadas han inundado sus programaciones con la oferta de la burla para satisfacer una demanda creciente. Este consumo masivo es el espejo de una cultura que tolera la agresión, donde la violencia es un continuo destructivo que suele iniciar con una broma sutil pero tiene el potencial de escalar hacia el acoso escolar, el maltrato laboral, las riñas, la violencia familiar y, en sus consecuencias más extremas, el secuestro, la trata o el homicidio.

Esta dinámica se replica de forma idéntica en el entorno digital. La violencia en redes sociales cuenta con sus propios pseudo bufones y hordas de seguidores que hacen trizas a quien consideran débil, sin darse cuenta de que los verdaderos débiles son ellos, al necesitar el linchamiento en manada para sentirse validados. Que el escenario sea digital no resta un solo ápice de drama ni dolor a quienes padecen este desprecio. Por ello, el Día del Chiste debe modificarse en una jornada de autocalificación y profunda introspección. Nos corresponde mirar al espejo y evaluar nuestro rol en la comunidad, decidiendo si seremos el que maltrata para encubrir carencias, la audiencia que valida la crueldad con una carcajada cómplice, o quienes detienen el abuso para construir relaciones sanas.

Ana Lisa

 
Anterior
Anterior

Raíces de identidad

Siguiente
Siguiente

El mar: el lugar donde la ley se ahoga