La mitad invisible

 


La mitad invisible: El legado y la urgencia de las mujeres y niñas en la ciencia

Desde pequeña siempre me pregunté por qué algunas herramientas que, hasta hace poco, eran utilizadas casi exclusivamente por mujeres, resultaban tan difíciles de limpiar, pesadas, estorbosas o incluso antiestéticas. Después de unos años, finalmente pude contestar esa duda: están pensadas y diseñadas por hombres. Esta falta de representación en los espacios donde se toman las decisiones de diseño, investigación y políticas públicas no es un detalle menor, pues afecta directamente la seguridad y la comodidad de las mujeres en su vida diaria.

La historia del progreso humano suele narrarse como una sucesión de nombres ilustres, pero durante siglos ese relato ha omitido una verdad fundamental, la ciencia ha avanzado gracias a una mitad invisible que fue borrada de los libros o silenciada por el contexto de la época.Esta injusticia histórica, donde los logros de las científicas se atribuían a sus colegas varones o esposos, es lo que conocemos como el Efecto Matilda. El término fue acuñado formalmente por la historiadora Margaret W. Rossiter (1944 - 2025) en honor a Matilda Joslyn Gage (1826 - 1898), una activista que denunció cómo las contribuciones femeninas eran sistemáticamente eliminadas de la historia oficial, muchas mujeres operaron en la periferia de la estructura académica. Durante décadas, figuras como Rosalind Franklin (1920 - 1958), cuya labor fue clave para entender el ADN, o Lise Meitner (1878 - 1968), en la fisión nuclear, “mantuvieron solo una apariencia académica”. Estas talentosas mujeres vieron cómo sus logros eran atribuidos a colegas varones, quedando ellas en un segundo plano.

Este fenómeno no solo fue una injusticia individual, sino que privó a generaciones de niñas de referentes en los cuales verse reflejadas, recordándonos cada 11 de febrero que, aunque el talento no tiene género, las oportunidades históricamente sí lo han tenido. La historia del progreso humano suele narrarse como una sucesión de hombres ilustres, pero durante siglos, ese relato ha omitido una verdad fundamental: la ciencia ha avanzado gracias a una "mitad invisible". Uno de los argumentos más poderosos para la inclusión de la mujer en la tecnología es que el mundo ha sido diseñado tomando al hombre promedio como el estándar universal. Esto no siempre es un acto de malicia, sino un síntoma de la ausencia de una mirada femenina en las mesas de decisión, la ciencia actual hay que entenderla como una herramienta del rediseño. Urge que más niñas entren en la ciencia, no como una cuestión de justicia académica, sino como la pauta definitiva en donde la otra mitad sea considerada con la ergonomía y salud , propia del ser femenino, entendido éste en toda la extensión de la palabra, cuando una mujer científica analiza un problema, aporta una perspectiva que ha sido ignorada por milenios.

Esto se refleja en la seguridad vial, donde los maniquíes de pruebas de choque basados en proporciones masculinas elevan el riesgo de lesiones graves para las mujeres, simplemente porque los sistemas de seguridad no fueron pensados para sus cuerpos. Qué decir de la tecnología cotidiana, con teléfonos demasiado grandes para nuestras manos. Incluso en la salud, la falta de investigación en síntomas de ataques cardíacos femeninos o en productos específicos para el ciclo reproductivo, el embarazo y la lactancia, demuestra que vivimos en un entorno que nos aloja pero no nos comprende. La urgencia de que más niñas entren en la ciencia es, por tanto, una cuestión de ergonomía y salud pública; es la herramienta necesaria para que los medicamentos se dosifiquen según metabolismos reales y para que la inteligencia artificial no herede prejuicios que perpetúen estereotipos en diagnósticos o créditos bancarios, si las mujeres no programan los algoritmos de mañana, las máquinas heredarán los prejuicios de ayer, perpetuando artículos o servicios que nos invilibilizan. En la vida cotidiana el diseño de herramientas de trabajo hasta la planificación urbana tienen ser observadas para tener ciudades más seguras, la mirada femenina transforma "objetos de consumo" en soluciones para todos los seres humanos.

Lamentablemente, esta inercia de mirada varonil se extiende a las políticas públicas, donde las necesidades femeninas suelen ser ignoradas. Lo que exigimos como una cuestión de justicia de género no es solo que se nos "observe", sino formar parte activa de las decisiones que nos afectan. A pesar de los avances, la paridad sigue siendo una asignatura pendiente y los estereotipos que se consolidan en la infancia actúan como un filtro que aparta a las jóvenes de las carreras científicas antes de que tengan la oportunidad de intentarlo. Incluir a las mujeres no es un acto de cortesía social, sino una necesidad de supervivencia intelectual para toda la comunidad internacional, pues una ciencia sin nosotras es una ciencia que solo ve la mitad de los problemas y propone la mitad de las soluciones. Reconocer a esta mitad invisible significa asegurar que la próxima niña que hoy observa las estrellas no encuentre una puerta cerrada, sino un camino pavimentado por la igualdad.

Es momento de reivindicar nuestro papel e inspirar a las nuevas generaciones, entendiendo que integrar nuestra visión no es simplemente añadir un detalle estético, sino corregir un error de cálculo histórico. La ciencia necesita mentes brillantes, y ese brillo no conoce de géneros. Solo a través de la inclusión lograremos que el relato de la humanidad esté, por fin, completo, porque la ciencia del futuro será inclusiva o, simplemente, será una ciencia incompleta. Es un tema que genera mucha reflexión, especialmente porque nos hace dar cuenta de que muchas cosas que consideramos "normales" son, en realidad, sesgos de diseño. La brecha de género actual, y preguntarnos por qué todavía hoy vemos menos mujeres en las áreas de ingeniería y física.

En este futuro cercano hay que fomentar la importancia de la curiosidad en las niñas y en los niños para que no sientan que el laboratorio es un club exclusivo de un solo género.

Ana Lisa

 
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