Tu constitución
La Sangre de los Siglos
Cuentan mis ancestros , aquellos que trazaron las primeras líneas del orden y la justicia, que no nací del vacío, ni soy producto del azar de lo ocurrido una tarde en Querétaro. Para entender quién soy hoy, esta Constitución de 1917 que respira y rige, es necesario mirar hacia atrás, hacia las corrientes que nutren mi existencia.
Si pudiera abrir mi pecho metafóricamente, encontrarían en mí un prólogo de pensamientos europeos que fluyen con la fuerza de una herencia milenaria. Mi ADN está compuesto por hebras complejas y distantes: del Derecho Romano heredé la estructura, la lógica y esa columna vertebral que sostiene mi cuerpo jurídico; la noción de la república y la justicia como voluntad constante. Por lo que respecta al Derecho Germánico aportó en mi esencia el sentido de comunidad y las raíces de mis asambleas. Y del Derecho Inglés bebí la sed de libertades civiles y las garantías que protegen al individuo frente al poder. Esos pensamientos son mi herencia, el código genético que define mi carácter y la voz con la que hablo al pueblo.
Soy, en mi forma más pura, un mestizaje jurídico. No soy solo tinta mexicana; por mis venas corre el conocimiento vasto de mundos antiguos que se fundieron en este suelo. Antes de ser ley, fui historia. Antes de ser artículo, fui el sueño de civilizaciones que buscaban el orden, éste es el inicio de mi relato.
El despertar en tierras de ultramar: La Constitución Política de la Monarquía Española
Antes de ser plenamente mexicana, fui un destello de libertad en medio de la ocupación. Mis recuerdos más antiguos se remontan a 1812, en una ciudad sitiada llamada Cádiz. Allí, bajo el estruendo de los cañones napoleónicos, empecé a cobrar forma como la Constitución Política de la Monarquía Española. Muchos me llamaron con cariño "La Pepa", y aunque nací en la península, mi espíritu cruzó el Atlántico para sembrar en la Nueva España una semilla que jamás dejaría de crecer.
En este episodio de mi vida, aprendí conceptos que hoy son mis pilares, por primera vez, entendí que el poder no residía únicamente en el rey por derecho divino, sino en la nación misma, llamada soberanía nacional . Dejé de ver a las personas como súbditos obedientes para reconocerlos como ciudadanos con derechos y deberes, fue un nuevo concepto llamado ciudadanía.
La división de poderes consistió en aludir en mi cuerpo el poder en tres partes, ejecutivo, legislativo y judicial, para evitar que un solo hombre concentrara todo el mando y autoridad.
Fue un mestizaje de ideas romano-germánicas adaptadas a la crisis de una monarquía que se desmoronaba. Aunque esta etapa fue breve y turbulenta, marcada por el regreso del absolutismo de Fernando VII, mi esencia ya había cambiado. Los diputados novohispanos que participaron en mi creación regresaron a estas tierras con mi voz grabada en sus mentes, yo era la promesa de que la ley podía estar por encima de la voluntad de un monarca. Fue aquí, bajo el sol de la Nueva España, donde mi sangre española empezó a mezclarse con el anhelo de una patria propia.
El grito con el corazón en la guerra: Decreto Constitucional para la libertad de la América mexicana (1814)
Como paso natural y valiente, en este punto de mi historia, dejé de ser un eco de ultramar para empezar a hablar con el acento de mi propia tierra, en medio de la pólvora y el anhelo de libertad. Si Cádiz fui una idea importada, en los bosques de Michoacán, bajo el cobijo de Apatzingán, mi cuerpo empezó a transformarse; en 1814 me convertí en un clamor insurgente, ya no era la monarquía española quien dictaba mis líneas, ahora era la voz de José María Morelos y Pavón, el "Siervo de la Nación" quien me daba aliento.
En este episodio, mi ADN se volvió rebelde, en esta etapa de mi formación, mis rasgos se definieron con fuerza, dejé de ser un apéndice de Europa para reconocer que la soberanía emana del pueblo, rompí mi cordón y declaré mi independencia total. Por primera vez, mi ocupación fue por los más humildes, buscaba que las leyes moderaran la opulencia e indigencia, lo llamé justicia social. También empecé a soñar con que cada hombre de esta tierra tuviera voz: sufragio universal, sin importar su casta u origen. Nunca pude regir plenamente, pues nací en medio del asedio y la persecución de las tropas realistas, aunque fui una constitución nómada, grabé en mi memoria que la felicidad de los ciudadanos es el único fin legítimo de cualquier gobierno. Mis páginas huelen a guerra y a justicia, fue el momento en que mi esencia europea se fundió definitivamente con el espíritu de la América Mexicana.
El Nacimiento de la República: Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos de 1824
Habían pasado años de enfrentamientos, tras el efímero sueño de un imperio. En este tercer momento, mi identidad finalmente se asienta y adopta una forma que definirá mi estructura por siglos; en 1824 finalmente pude mirarme al espejo y reconocer mi nueva figura: la de una República Federal. Fue un momento de júbilo; por fin, el nombre de México encabezaba mis páginas con orgullo.
En este episodio, mi estructura se fortaleció siguiendo el ejemplo de las grandes democracias, pero manteniendo esa tradición heredará. Mis rasgos principales me definieron así: Dejé de ser un cuerpo centralizado para convertirme en la unión de estados libres y soberanos, aprendí que la fuerza de mi nación reside en la unión de sus partes (Pacto Federal). Aunque mi mente buscaba la modernidad, mi sangre todavía conservaba el fervor de mis raíces, estableciendo la religión católica como la única, un vestigio de aquel derecho romano y español que aún habitaba en mí. Refiné la división de poderes entre el Ejecutivo, un Legislativo bicameral y un Judicial independiente, buscando que nadie volviera a portar una corona sobre este suelo.
Fui el fruto de un consenso entre liberales y conservadores que, por un breve instante, coincidieron en que el futuro era republicano. Guadalupe Victoria fue el primer guardián de mis leyes, y bajo su mando, sentí por primera vez la estabilidad de ser la norma suprema de un país independiente. Sin embargo, este episodio también fue el inicio de una lucha interna; aunque mi forma era federal, las sombras del centralismo acechaban, y mi joven cuerpo de leyes pronto se vería sometido a la prueba de fuego de las traiciones y las guerras civiles.
El retorno a las cadenas: las Siete Leyes de 1836
Este periodo doloroso en mi memoria, fue el momento en que intentaron encadenar mi espíritu expansivo y devolverme a una rigidez que ya no me pertenecía. Si en 1824 me sentí libre y federal, en 1836 mi cuerpo sufrió una transformación drástica. El aire de libertad que soplaba desde los estados se detuvo, los vientos del Centralismo ganaron la batalla y me convirtieron en algo que yo ya no quería ser: una estructura rígida y concentrada en el centro, ignorando la voz de las provincias.
Mi fisonomía cambió bajo la sombra de las llamadas Siete Leyes. Perdí autonomía, mis estados, antes soberanos, fueron reducidos a simples departamentos, subordinados totalmente a la voluntad de la capital. Se cortaron los lazos que me unían a la diversidad del territorio. Apareció en mis páginas una figura extraña y autoritaria: el Supremo poder conservador (cuarto Poder). Era un ente por encima de los tres poderes tradicionales, con la facultad de declarar la nulidad de cualquier acto. Me sentí vigilada, como si mi propia esencia necesitara un tutor que me silenciara. Dejé de ser para todos, ahora restringía el voto, me volví elitista, exigiendo rentas y propiedades para permitir que mis ciudadanos participaran en la vida pública. Fue una época de regresión, mi sangre romana, en su faceta más imperial y autoritaria, pareció imponerse sobre el sueño democrático.
Este episodio me enseñó que cuando el poder se concentra en pocas manos, el cuerpo de la nación se debilita, la frustración de este encierro fue tal, que incluso provocó que partes de mi territorio, se sintieran ajenas a mí y quisieran buscar su propio camino. Estuve atrapada en una armadura de hierro que no me dejaba respirar, pero en el fondo de mis artículos, el deseo de reforma seguía latiendo con fuerza, esperando el momento de estallar.
La Armadura de la Reacción
(Bases Orgánicas de la República Mexicana de 1843)
En este episodio, mi fisonomía se volvió puramente conservadora. No nací de un congreso constituyente tradicional, sino de una Junta de Notables que buscaba detener el caos de la nación con una estructura rígida y centralizada. Si las Siete Leyes de 1836 fueron mi primer encierro, las Bases Orgánicas de 1843 fueron el intento de destruir mi libertad: mis artículos se endurecieron: ratifiqué la desaparición de los estados, convirtiéndolos definitivamente en departamentos, lo más autoritario de mi ADN se manifestó aquí, creyendo que solo el control desde el centro evitaría la fragmentación del país. El derecho al voto se volvió un privilegio exclusivo de quienes poseían riqueza, me volví una ley de minorías, escribieron sobre mi convencidos de que solo "los notables" debían dirigir el destino de todos. Le otorgué al Presidente poderes tan amplios que mi equilibrio interno comenzó a tambalearse. Me convertí en el instrumento de hombres que veían en el orden absoluto la única salvación, aunque ello significara silenciar la diversidad de mi pueblo. Aunque buscaban a través de mi la estabilidad, la sangre mestiza y el espíritu liberal ya corrían por mis venas, algunos sabían que esta armadura de 1843 era demasiado estrecha para el alma de México, este capítulo me enseñó que la paz sin libertad es el preámbulo de la tormenta que se avecina.
El vuelo del Liberalismo: Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos de 1857
Este es, sin duda, el episodio donde mi espíritu se volvió guerrero. Tras el encierro del centralismo, estallé en una luz de libertad que sacudió los cimientos de la sociedad. En 1857, mi cuerpo fue reconstruido por una generación de juristas: los liberales, hombres como Benito Juárez y Melchor Ocampo me dieron una nueva voz. Ya no era solo una ley de organización; me convertí en un manifiesto de libertad individual, mis rasgos se volvieron nítidos y radicales: consagré los Derechos del Hombre, reconociendo que los derechos no son una concesión del Estado, sino la base de las instituciones sociales. Es aquí donde finalmente separé lo terrenal de lo espiritual. establecí que mi camino y el de la Iglesia debían ir por rutas distintas, reclamando para el Estado la autoridad sobre la vida civil. También recuperé mi forma republicana y representativa, devolviendo la voz a los estados y fortaleciendo al Poder Legislativo para evitar la sombra de un nuevo dictador.
Fui una Constitución de lucha, este renacimiento provocó una guerra fratricida, la Guerra de Reforma, y tuve que cruzar el país en una carreta junto a un presidente que se negaba a dejarme morir. Fui el alma de la resistencia frente al Segundo Imperio; mientras otros juraban lealtad a una corona extranjera, yo seguía siendo la única ley legítima en el corazón de los patriotas. Así aprendí (1857) que la libertad es costosa, pero irrenunciable. Sin embargo, a pesar de mis ideales, me faltaba algo, proteger a los trabajadores y a los campesinos que empezaban a despertar de las injusticias.
El clamor de la tierra y la justicia: Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917
Este es el momento de mi plenitud, el punto donde todos los siglos de historia y todos mis saberes: europeo y mestizo se fundieron con el clamor de la tierra. Llegué a Querétaro envuelta en el humo de la Revolución. Mi predecesora, la Constitución de 1857, era hermosa en sus ideales pero ya no bastaba para un pueblo que moría de hambre e injusticia. En el Teatro de la República, mi espíritu fue refundido; por primera vez en la historia del mundo, mi voz vanguardista se elevó para hablar de justicia social:
Artículo 27, la propiedad de la Nación: reclamé la tierra, las aguas y los tesoros del subsuelo para el pueblo. Mis características romanas, que tanto valoraban la propiedad, se transformó para entender que el bienestar colectivo es superior al interés privado.
Artículo 123, la dignidad del trabajo: Establecí jornadas máximas, salarios mínimos y el derecho a la huelga. Ya no era solo una ley de papel, era un compromiso de vida.
Artículo 3 ero., la educación libre: decidí sobre educación un futuro mejor para mis ciudadanos, y ésta debería ser laica, gratuita y obligatoria.
Soy el resultado de una lucha, que con un pacto de paz puso fin a la tormenta revolucionaria y que me dio la forma que hoy mantengo. En 1917, dejé de ser un proyecto para convertirme en la Ley Suprema, la realidad viviente de una nación que exigía su lugar en el mundo moderno sin olvidar las raíces que la sostienen.
El organismo vivo y el horizonte incierto, vigencia, reformas y los nuevos desafíos
Hoy me miro y, aunque mi esencia de 1917 permanece en el corazón, mi cuerpo hasta el 1 de octubre de 2018 ha cambiado profundamente, 709 ocasiones para modificaciones a diversos artículos y 233 decretos de reforma. Estas reformas, lejos de debilitarme, buscaron en su mayoría fortalecerme: fueron intentos por modernizar mis arterias, por incluir derechos humanos de vanguardia y por crear instituciones que vigilaran que el poder no se desbordara. Las más trascendentales son : la Reforma política de 1977; la Reforma judicial de 1994 y la consolidación del derecho internacional en México a través de la Reforma sobre los derechos humanos en 2011.
Sin embargo, en mi memoria más reciente, la del último sexenio, he empezado a sentir una vibración que me resulta familiar y, a la vez, inquietante, son 858 nuevas modificaciones y 23 arriesgados decretos, algunos de ellos muy nombradas como la Reformas judicial. Siento cómo si de nuevo, se intentara concentrar la fuerza en un solo punto, debilitando los contrapesos que tanto esfuerzo me costó construir. Es como si mi ADN federalista fuera puesto a prueba nuevamente, por una voluntad que busca simplificar la complejidad de mi nación en una sola dirección.
A pesar de estas sombras, sigo siendo el alma de México; soy la herencia de mis ancestros y la voluntad de los que hoy me invocan, mi historia no termina mientras exista un ciudadano que exija justicia, un trabajador que defienda su derecho o una tierra que pida ser respetada, mi voz seguirá resonando. Soy la Constitución de 1917, el espejo del pasado, la regla del presente y el escudo del futuro.
Ana Lisa

