OSC ‘s su impacto como socios críticos en la gobernanza moderna
Lo que hoy conocemos como organizaciones ciudadanas o tercer sector no es un fenómeno reciente, sino una fuerza con raíces en los movimientos humanitarios del siglo XIX. Sus cambios, definidos por las carencias sociales han sido constantes, siempre para ayudar, grupos asistencialistas o actores geopolíticos con capacidad de incididir en organismos como la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Esta evolución marca el paso en la comunidad internacional, de una democracia representativa a una democracia participativa, donde el ciudadano ya no solo vota, sino que gestiona y propone.
En México como en muchas regiones a nivel mundial, el auge de las organizaciones de la sociedad civil (OSC) ha sido la respuesta directa a vacíos institucionales y crisis sistémicas, esos vacíos que tratan de ser llenados por un grupo de personas, en su mayoría voluntarias, precisamente ahí donde el estado no cumple su labor, cuando falla en cumplir las necesidades ciudadanas; ahí nacen a la vista de las exigencias pendientes de cubrir, por la mala administración del erario público o por su desinterés. Cuando las urgencias no son resueltas, siempre habrá un grupo de ciudadanos comprometidos con las necesidades humanitarias y así las vemos surgir con ímpetu ante un estado a veces incapaz a veces indolente, esos hombres y mujeres que atinadamente son llamados “sociedad organizada”.
Desde mi percepción la consolidación de las asociaciones de la sociedad civil organizada en época reciente, se incrementaron tras tres hitos críticos que redefinieron la relación estado-ciudadanía: El primero fue la crisis económica de 1982 que urgió la necesidad de alternativas autogestivas, ante la retirada del Estado en la provisión de bienes públicos. El segundo momento y además de tristes recuerdos (1985), pero cobijados por una extraordinaria respuesta civil lo fue el terremoto del entonces Distrito Federal (hoy CDMX), donde quedó demostrado que la organización ciudadana puede superar la parálisis gubernamental. Y el tercero, de lucha cívica por la transparencia electoral, más allá de actores meramente políticos, que posicionó a las organizaciones de la sociedad civil (OSC) como vigilantes del poder (1988). Estos tres inicios emblemáticos marcaron conciencias, las cuales hasta el día de soy son ejemplo a seguir. De aquella encrucijada económica emergieron movimientos urbanos, asociaciones de colonos, comedores comunitarios (precedente que sentó las bases de los bancos de alimentos), cooperativas que sumaron a una economía solidaria, y empresas en quiebra que cual ave fénix resurgieron hacia otra forma de hacer negocios.
Su importancia radica en su bagaje: especialización, nichos donde el Estado carece de alcance; mediación, actúan como puente entre las demandas comunitarias y el diseño de políticas públicas; y una aprobación muy alta de confianza, principalmente son depositarias de una legitimidad social que las instituciones tradicionales han perdido, facilitando movilización de recursos y voluntarios. Hoy, las organizaciones de la sociedad civil (OSC), son piezas clave en la arquitectura internacional, su participación fue determinante en la negociación de la Agenda 2030, el Acuerdo de París sobre cambio climático y foros de alto nivel como la UNGASS (por sus siglas en inglés, United Nations General Assembly Special Session), reuniones de alto nivel que abordan crisis globales urgentes; no son habitantes indiferentes, son socios estratégicos que aportan datos, soluciones técnicas y validación social a los acuerdos multilaterales.
Podríamos llenar más páginas de las características de lo que representan las organizaciones de la sociedad civil (OSC), este sector dinámico que ha pasado de la periferia al centro de las decisiones globales. Para los tomadores de decisiones, el reto actual no es solo reconocer su existencia, sino integrarlas a la vida social, política, económica y ambiental, por su capacidad operativa y su visión técnica para fortalecer la gobernanza y la sostenibilidad a largo plazo. Según datos nacionales, su impacto radica en que se considera que existen alrededor de 100,000 grupos organizados que trabajan para el beneficio de causas sociales; de éstos hay registradas 48,500 organizaciones de la sociedad civil (julio 2025), entre sus principales ocupaciones son : derechos humanos, educación y cultura, salud y asistencia social, y medio ambiente; destacando la Ciudad de México, Estado de México, Puebla, Jalisco y Veracruz; el sector aportó 3.3% del PIB en 2024 y 3’ 317, 622 puestos de trabajo: remunerados 50.7 % y personas voluntarias 49.3 %, lo que equivale al 8.4% del empleo en México, según Cuenta satélite de las instituciones sin fines de lucro. INEGI , 28 de noviembre de 2025.
Por todo lo anterior, es innegable que la aportación de las organizaciones de la sociedad civil (OSC) trasciende por mucho el frío dato económico, pues es innegable el impactante corazón del voluntariado, su verdadero valor de estas organizaciones reside en ser el anticuerpo de una sociedad que se niega a ser indiferente. Representan la transición de un ciudadano que solo observa, a un ciudadano que ejecuta, vigila y transforma. Las organizaciones de la sociedad civil (OSC) han dejado de ser "parches" de los errores del Estado, para convertirse en arquitectos de una nueva gobernanza. En un México donde la desconfianza institucional es la norma, estas 48,500 organizaciones dan legitimidad, demuestran que la gestión de administración colectiva, no es propiedad exclusiva del gobierno, sino un derecho y una responsabilidad compartida. Ignorar a éstos más de tres millones de mexicanos comprometidos sería un error histórico para cualquier tomador de decisiones. El futuro no pertenece a los estados omnipotentes ni a los mercados sin rostro, pertenece a la sociedad organizada; las organizaciones de la sociedad civil (OSC ) nos han enseñado que frente a la parálisis, la indolencia o la crisis, la respuesta más poderosa siempre vendrá de un grupo de ciudadanos decididos a no esperar permiso para cambiar el mundo.
Sin embargo, este avance enfrenta hoy una narrativa de confrontación, el Gobierno Federal ha intensificado restricciones fiscales y administrativas bajo el argumento de que muchas de estas organizaciones operan como mecanismos de evasión de impuestos o lavado de dinero. Desde la tribuna oficial, se ha cuestionado su utilidad real, acusándolas de ser intermediarias innecesarias que desvían recursos que deberían llegar directamente a la población. Estas medidas, que incluyen límites estrictos a los donativos deducibles y una fiscalización agresiva, buscan frenar la proliferación de nuevas asociaciones, bajo la premisa de que la sociedad civil organizada responde a intereses creados, ajenos al bienestar nacional. Pese a estas presiones, el dinamismo del sector demuestra que, mientras existan necesidades insatisfechas, la ciudadanía seguirá encontrando formas de unirse, recordándonos que el control estatal no puede sustituir la voluntad de una comunidad que decide cuidarse a sí misma.
Desde aquí nuestro reconocimiento y ¡Gracias! a los voluntarios. Sus acciones son la prueba de que el compromiso civil trasciende las palabras. En el contexto actual, su labor se vuelve el activo más valioso para el país; son ustedes quienes transforman las carencias en oportunidades y las crisis en resiliencia. ¡ Gracias ! por ser los socios estratégicos que México necesita para construir un futuro sostenible y justo.
Ana Lisa

