Raíces de identidad
Una reflexión y concientización en el Día del árbol: La relación entre la humanidad y el entorno natural ha estado marcada históricamente por una profunda ambivalencia. En el contexto urbano contemporáneo, esta tensión se manifiesta con alarmante frecuencia a través de discursos justificativos y falacias que se defienden con tenaz ahínco. Argumentos cotidianos que señalan que las raíces de un árbol destruirán los cimientos de una vivienda, que su ramaje oculta las fachadas arquitectónicas, que la caída estacional de sus hojas representa una molestia intolerable o que obstruye las alcantarillas, sirven de pretexto para el rechazo. A estas quejas se suman otras de índole menor, pero igualmente persistentes, como el malestar por la presencia de aves y sus cantos, el temor a la interferencia con el cableado eléctrico o el desdén por el comportamiento de la fauna doméstica. Estas afirmaciones, lejos de constituir un análisis objetivo, revelan una preocupante desconexión con los servicios ecosistémicos que la vegetación aporta a la ciudad.
Frente a esta coyuntura, la memoria histórica surge como un recordatorio de nuestra responsabilidad. En México, mediante el Decreto Presidencial emitido el primero de julio de 1959, se instauró oficialmente la celebración del Día del Árbol, asignando para este propósito el segundo jueves del mes de julio de cada año. Esta disposición de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales no se limitó a una jornada aislada, sino que instituyó de manera permanente la Fiesta del Bosque durante la totalidad del mes. Este marco conmemorativo invita no solo a la plantación simbólica, sino a una profunda introspección sobre la evolución de nuestro paisaje.
Al hacer historia y rememorar los ayeres del Valle de México, la geografía nos sitúa en un ecosistema original dotado de una rica vegetación endémica. En las antiguas zonas de lagos y chinampas, el paisaje estaba dominado por ahuehuetes, sauces, tules, carrizos, lentejas de agua y algas. Por su parte, las zonas semiáridas y las laderas bajas vislumbraban la presencia sobria de magueyes, nopales con o sin tunas, mezquites y huizaches. En las montañas circundantes, la altitud daba paso a densas poblaciones de encinos, pinos y oyameles. Hoy en día, a más de setecientos años de la fundación de Tenochtitlán, y tras haber transitado por la Colonia, el México Independiente, el Distrito Federal y la actual Ciudad de México, nos encontramos en una de las urbes más arboladas del mundo. Si bien esta masa forestal urbana dista de ser enteramente endémica, es imperativo reconocer que esta vegetación es plenamente bienvenida, puesto que ha demostrado una notable resiliencia y se ha adaptado a pesar de todas las adversidades.
Desafortunadamente, ese complejo entorno está debilitando de manera sistemática nuestra flora a través de diversas prácticas perjudiciales. En la época contemporánea, uno de los fenómenos más dañinos es la proliferación de árboles y arbustos de moda, plantados masivamente en terrenos que no cumplen con los requisitos para satisfacer su entorno original. A este problema se añade un frenético delirio por podar y mutilar los ejemplares existentes, una práctica que se ejecuta sin el conocimiento de la técnica correcta, ignorando la época adecuada y omitiendo el cuidado especial que requiere un ser vivo. Quizá de forma aún más devastadora, se recurre con ligereza a la opción de remover el arbolado; el uso del término "retirar", acuñado para suavizar la gravedad del acto, busca enmascarar un desmembramiento y un ecocidio que ha pasado a ser permitido a base de costumbre.
Asimismo, existen mecanismos indirectos pero igualmente letales para aniquilar la vegetación, tales como provocar su desecación mediante la omisión del riego, verter líquidos perjudiciales, someterlos a quemas o exponer deliberadamente sus raíces. Retirar de vez en vez pequeñas ramas debilita al ejemplar de forma imperceptible, un destino que se acelera cuando el árbol es cubierto con escombros de concreto, chapopote, grava, basura o desperdicios. La degradación se complementa con el uso instrumental de sus troncos para colgar foquitos, publicidad, carteles y letreros, atravesarlos con alambres de púas, atarlos hasta el olvido, o sujetar sombrillas, lonas, cajas y alambres diversos.
Esta cotidianidad pareciera otorgarnos el poder absoluto de decidir qué elementos eliminar, cuándo hacerlo y con qué artimaña justificarnos. Ante esta realidad, la concientización debe apelar a una verdad fundamental: si no lo hacemos por amor a la naturaleza, hagámoslo por propio interés. Como bien lo expresó el canciller Rodolfo Nin Novoa durante la 12° reunión de la Conferencia de las Partes de la Convención de Ramsar sobre los Humedales (COP 12): "La naturaleza puede vivir sin el hombre pero el hombre no puede vivir sin la naturaleza". ¡ El planeta no nos pertenece !
Ana Lisa

